¡Se me ha olvidado ser mujer!

Desde hace tiempo vengo observando un hecho que se repite cada vez más en las sociedades “desarrolladas”, en las que gracias a los movimientos feministas, las mujeres hemos conseguido una cierta libertad e igualdad, derechos sostenidos todavía frágilmente y por los que hay que seguir luchando.

Lo que se viene planteando ahora es si el precio que hemos pagado por tener esos derechos ha sido justo  y si nos ha llevado a donde queremos.

En esa lucha por la igualdad, por el voto femenino (hace sólo 80 años que somos ciudadanas de pleno derecho en España), por que se nos reconozcan derechos legales, por tener sueldos igualitarios etc. Hemos tenido que demostrar muchas cosas, principalmente hemos tenido que demostrar que podemos hacer las mismas cosas que los hombres y eso nos ha llevado básicamente a tener que demostrar que somos hombres.

Pero aquí está el problema, que no lo somos, y para poder luchar por nuestros derechos nos hemos tenido que castrar por el camino, comportándonos como hombres y negando nuestra naturaleza o forzándonos a adaptarla en lugar de reivindicarnos como somos.

En mi opinión, hemos pagado un precio carísimo por los derechos que hemos obtenido y aun así el símbolo de mujer y feminidad siguen sin haber obtenido la posición que merecen.

Hemos luchado por tener derechos masculinos, ¿pero qué pasa con los derechos femeninos? Simplemente  ni se plantean.

Antes las mujeres estaban en un estrato social inferior a cualquier hombre y el concepto de feminidad era despreciado, infravalorado e incluso demonizado. Las tareas que las mujeres desempeñaban ni se reconocían ni se apreciaban ni se pagaban, eran “deberes” asociados a nuestra naturaleza y estábamos condenadas a la dependencia económica y el anonimato histórico. Pero ¿qué pasa ahora con esas tareas que las mujeres desempeñaban? Pasa que siguen sin estar reconocidas, siguen sin estar valoradas y siguen sin estar remuneradas, simplemente ahora las mujeres tampoco quieren hacerlas o tienen que hacerlas en el menor tiempo posible para poder seguir trabajando en un empleo que les de una independencia económica y un reconocimiento social.

Nos hemos incorporado al mercado laboral desempeñando las anteriores “tareas de hombres” pero todas las labores que las mujeres hacían siguen al margen, transformadas en “deberes molestos” que alguien tiene que quitarse de en medio y aun encima al habernos incorporado al mercado laboral basado en sistemas de inflación etc. para que una familia pueda mantenerse ya no basta con que un solo miembro trabaje.

Así pues nos vemos en una trampa con dos grandes problemas:

1-El caso de las “superwoman”: mujeres que tienen que trabajar, ser madres y realizar todas las tareas domésticas ya que sus parejas no consideran que deban responsabilizarse de esas cosas de forma igualitaria. O parejas que aunque se distribuyen las tareas no dan abasto, no llevan ritmos saludables y no pueden darles tiempo a sus hijos ya que su economía no se lo permite al necesitar dos sueldos.

2-El problema de cómo nos planteamos el futuro como mujeres en una sociedad donde la maternidad ya no ocupa un lugar en ella, sino que es algo más bien molesto que hay  que plantearse como un gran gasto y un obstáculo para la carrera, transformando así a los hijos en artículos de lujo.

Todo esto nos lleva a una gran insatisfacción interna ya que nos vemos obligadas a luchar contra nuestros instintos para poder adaptarnos a lo que la sociedad nos impone.

Pertenezco a una generación en la que se nos ha enseñado a ser independientes, a ser luchadoras y triunfadoras pero no se nos permite hacer eso como mujeres sino como hombres.

Por ejemplo, cuando nos planteamos cuándo ser madres, es un tema que se va alargando en el tiempo relegándolo prácticamente al límite de nuestra fertilidad ya que siempre nos surgen los mismos problemas: ¿y si me echan del trabajo?, ¿y si esto entorpece mi carrera?, y si tengo que renunciar a mi trabajo ¿cómo mantengo a mi hijo?, ¿gano lo suficiente para poder mantener un hijo?… estos y muchos factores más se nos presentan como una gran losa que nos hace tener terror a ser madres porque el sistema te lo plantea como algo casi antinatural para la maquinaria de producción económica.

Permanentemente bombardeadas con imágenes publicitarias de mujeres andróginas sin formas femeninas, la sociedad de consumo nos impone un modelo de mujer que no tiene mucho que ver con nuestra naturaleza. Intentamos controlar nuestros cambios hormonales y nuestra menstruación intentando que nos influya lo menos posible, atiborrándonos de fármacos para que no se nos considere “inestables o débiles”, y así un suma y sigue constante de lucha con nosotras mismas.

La cuestión es que aunque entre mujeres y hombres la igualdad es mayor que antes, los roles sociales considerados femeninos siguen estando en el pozo del olvido, si alguien se dedica a esos roles sea hombre o mujer vuelve a ser un individuo considerado inferior y dependiente, si alguna mujer decide dedicar más tiempo a su familia se la mira como alguien sin valor en la sociedad y una sumisa etc. pero ¿qué pasa si un hombre es el que quiere ocuparse de sus hijos, del cuidado de la casa, de la alimentación etc.? Que normalmente se le ridiculiza y se le considera un perdedor por hacer eso. Hemos hipermasculinizado nuestra sociedad en pos de la igualdad asique ¿Cuánto hemos avanzado realmente?

Necesitamos construir un sistema social en el que los roles tradicionalmente femeninos ocupen un respeto y un valor económico y social igualitario a los roles tradicionalmente masculinos, solo así alcanzaremos la verdadera igualdad, en la que como individuos seamos hombres o mujeres podamos decidir que roles ocupar en base a nuestros instintos y nuestra naturaleza individual, no en base a nuestro género.

El tener que castrarnos como mujeres es, en mi opinión, una pérdida enorme que no merece la pena pagar. Debemos luchar no para ser iguales que los hombres sino para tener los mismos derechos siendo  diferentes.

Zoe Seoane


 

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